Temas de reflexión

ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

AÑO 2010

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ENCUENTROS CON CRISTO EUCARISTÍA

VI.- Límpiame de toda mancha con tu Sangre.

 

Señor Jesús,       
amante Pelicano.   
De toda mancha límpiame  
con tu Sangre.  

De la que una sola gota
al mundo salva,
de todas sus miserias
y pecados.

    La adoración eucarística –enriquecidas en la fe, la esperanza y la caridad-, mueve nuestro espíritu a pedir perdón al Señor por nuestros pecados.

    En el Sagrario, el Señor está expuesto a todas y a cualquier ofensa que la maldad del hombre pueda concebir. Si se recogieran en un libro una pequeñísima parte de los actos vandálicos, injurias, ofensas, profanaciones, etc., que el hombre ha perpetrado directamente con la Eucaristía, nos llenaríamos de asombro al comprobar hasta que punto el hombre puede rebelarse contra Dios, puede desahogar toda su ira contra su Creador.

    Desde el Sagrario, el Señor lo ha soportado todo, como en su día soportó todas las injurias, blasfemias, maltratos, que quisieron infligirle en los momentos de su Pasión, todos los que le vieron maltrecho y destrozado, ya en trance de muerte. Y lo ha sufrido en paciencia, en silencio, perdonando y rogando a su Padre Dios que les perdonase, “porque no sabían lo que hacían”. 

    Contemplar a Cristo Vivo, verle Resucitado y cercano a nosotros en silencio, mudo, en espera, provoca en nuestro espíritu una petición que sale de lo hondo del corazón: “límpiame de toda mancha”.

    Amando a Cristo en la Eucaristía descubrimos en nosotros raíces de pecado, nuestros pecados; descubrimos el mal que nos hace ese pecado; y la fuerza con la que  nos induce a hacer mal a los demás. Con la luz de la Eucaristía, aborrecemos del pecado, y anhelamos cortar los vínculos con esas raíces del mal. La adoración a la Eucaristía mueve nuestra alma a acudir al Sacramento de la Reconciliación.

    “Contra Ti; contra ti sólo pequé”. Ante el Sagrario, adorando y amando a Cristo Resucitado, el alma del cristiano se hace más consciente de la gran falta de amor a Dios que hay en el mundo, “falta de amor” que será siempre el gran pecado del hombre

    Delante del Tabernáculo el cristiano vislumbra el Amor tan grande que tiene a Cristo sujeto sobre el altar en espera de alguien que le de un poco de conversación, y anhele mantener un diálogo confiado.

    Se mantiene allí, a la luz de una tenue vela,  en espera de recibir las quejas de un creyente que siente demasiada pesada la cruz que le ha tocado llevar; las alegrías de quien llega a agradecer la soluciones de unos problemas, la buena marcha de algunas cuestiones complicadas que le producían quebrantos.

    Permanece en silencio en espera de que quien llega acongojado por la muerte de algún ser querido comience su llanto, y Él, desde el Sagrario, pueda acoger esas lágrimas y devolverlas llenando el corazón afligido con paz y serenidad.

    Las peticiones, quejas, cantos, susurros ante la Eucaristía, en la quizá demasiada cerrada penumbra de una iglesia, llegan al corazón de Cristo, que se conmueve ante la Fe, ante la Esperanza, ante la Caridad, con que un alma sufriente acude a Él. Y al escucharle, le repite:

    “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, ya no tendrá más hambre, y el que cree en mí, jamás tendrá sed” (Juan 6, 35).

Cuestionario.-   

-En mi tiempo de adoración, ¿hago actos de amor a la Eucaristía en desagravio por quienes la profana, por quienes blasfeman?

-¿Rezo a Cristo Sacramentado por la conversión de tantos pecadores?

-¿Pido al Señor, y especialmente en este Año Sacerdotal, que todos los sacerdotes renueven su fe en Cristo Eucaristía

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