Temas de reflexión

ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

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Junio


ENCUENTROS CON CRISTO EUCARISTÍA

 XI.- La Eucaristía y el testimonio de la caridad (Final)

 

    Con los párrafos que siguen, finalizamos las palabras pronunciadas por Benedicto XIV el 15 de junio de 2010 en la Basílica de San Juan de Letrán sobre el tema: “Se les abrieron los ojos, lo reconocieron y lo anunciaron”:

    La comunión con Cristo en la Eucaristía

    “La comunión con Cristo es siempre también comunión con su cuerpo, que es la Iglesia, como recuerda el apóstol Pablo diciendo: "El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan" (1 Corintios 10, 16-17).

    La Eucaristía transforma un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucaristía hace Iglesia. Por tanto, es fundamental que la celebración de la santa Misa sea efectivamente la cumbre, la "columna vertebral" de la vida de cada comunidad parroquial. Exhorto a todos a prestar más atención, entre otras cosas con grupos litúrgicos, a la preparación y celebración de la Eucaristía para que cuantos participen puedan encontrar al Señor.

    Cristo resucitado se hace presente en nuestro hoy y nos reúne a su alrededor. Al alimentarnos con él, nos liberamos de los vínculos del individualismo y, a través de la comunión con Él, nos convertimos nosotros mismos, juntos, en una sola cosa, en su Cuerpo místico. De este modo se superan las diferencias debidas a la profesión, a la clase social, a la nacionalidad, pues nos descubrimos como miembros de una gran familia, la familia de los hijos de Dios, en la que a cada uno se le da una gracia particular para el bien común. El mundo y los hombres no necesitan una nueva corporación social, sino que tienen necesidad de la Iglesia, que es en Cristo como un sacramento, "es decir, señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1), llamada a hacer resplandecer sobre todas las gentes la luz del Señor resucitado.

    Jesús vino a revelarnos el amor del Padre, pues "el hombre no puede vivir sin amor” (Juan Pablo II, encíclica Redemptor hominis, 10). El amor es, de hecho, la experiencia fundamental de todo ser humano, lo que da significado a la existencia humana. Alimentados por la Eucaristía, nosotros también, siguiendo el ejemplo de Cristo, vivimos por Él para ser testigos del amor. Al recibir el Sacramento, entramos en comunión de sangre con Jesucristo. En la concepción judía, la sangre indica la vida; de este modo, podemos decir que al alimentarnos con el Cuerpo de Cristo acogemos la vida de Dios y aprendemos a ver la realidad con sus ojos, abandonando la lógica del mundo para seguir la lógica divina del don y de la gratuidad. San Agustín recuerda que, durante una visión, tuvo la impresión de escuchar la voz del Señor, que le decía: "Yo soy el alimento de los adultos. Crece, y me comerás, sin que por ello me transforme en ti, como alimento de tu carne; pero tú te transformarás en mí" (Cf. Confesiones VII, 10, 16).

    Cuando recibimos a Cristo, el amor de Dios se expande en nuestra intimidad, modifica radicalmente nuestro corazón y nos hace capaces de gestos que, por la fuerza difusiva del bien, pueden transformar la vida de aquellos que están a nuestro lado. La caridad es capaz de generar un cambio auténtico y permanente en la sociedad, actuando en los corazones y en las mentes de los hombres, y cuando se vive en la verdad "es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad" (encíclica Charitas in veritate, 1). El testimonio de la caridad para el discípulo de Jesús no es un sentimiento pasajero, sino por el contrario es lo que plasma la vida en cada circunstancia. Aliento a todos, en particular a Cáritas y a los diáconos a comprometerse en el delicado y fundamental campo de la educación en la caridad, como dimensión permanente de la vida personal y comunitaria. (…)

    La misma naturaleza del amor exige opciones de vida definitivas e irrevocables. Me dirijo en particular a vosotros, queridos jóvenes: no tengáis miedo de escoger el amor como regla suprema de vida. No tengáis miedo de amar a Cristo en el sacerdocio y, si en el corazón experimentáis la llamada del Señor, seguidle en esta extraordinaria aventura de amor, poniéndoos en sus manos con confianza. ¡No tengáis miedo de formar familias cristianas que viven el amor fiel, indisoluble y abierto a la vida! Testimoniad que el amor, tal y como lo vivió Cristo y lo enseña el Magisterio de la Iglesia, no quita nada a nuestra felicidad, sino que por el contrario da esa alegría profunda que Cristo prometió a sus discípulos.

    Que la Virgen María acompañe con su intercesión maternal el camino de nuestra Iglesia de Roma. María que, de manera totalmente singular vivió la comunión con Dios y el sacrificio del propio Hijo en el Calvario, nos alcance la gracia de vivir cada vez más intensa, plena y conscientemente el misterio de la Eucaristía para anunciar con la palabra y la vida el amor que Dios experimenta por cada hombre.

 

Cuestionario

- ¿Pido al Señor la gracia de que la Comunión con Él en la Eucaristía me ayude a vivir mejor en caridad con los demás?

- ¿Ruego a la Santísima Virgen que me acompañe a comulgar; que me enseñe a recibir a su Hijo en la Eucaristía?

- ¿Tengo presente que al comulgar con devoción estoy dando un testimonio vivo de la Presencia Real de Cristo en el Santísimo Sacramento?