Temas de reflexión

ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

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Los mandamientos de la Iglesia.- I

    La Santa Iglesia Católica, fundada por Nuestro Señor Jesucristo y guiada por el Espíritu Santo, tiene para todos los católicos, una gran misión que cumplir.

    En su caminar: “va peregrinando en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la Cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11,26). Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de todos los sufrimientos y dificultades, tanto internas como externas, y revelar en el mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos” (Lumen gentium, n. 8).

    La Iglesia, como una buena madre, cuida de nosotros y se preocupa de que vayamos siempre por el buen camino de los hijos de Dios en Cristo Jesús. En el cumplimiento de la misión que le encomendó su Fundador, Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia ha establecido cinco mandamientos más generales que todos los fieles cristianos debemos acoger con agradecimiento y docilidad.

    La Iglesia nos da estos preceptos para ayudarnos en nuestro caminar por la tierra hasta llegar al Cielo. Viviéndolos, tendremos fuerza para andar este camino con alegría y con paz, y en compañía de Jesucristo. Y, si los vivimos con amor y constancia, llegaremos a darnos cuenta de la cercanía de Jesucristo en nuestras almas, y tendremos la alegría de ver que Cristo vive y camina en y con nosotros, mientras caminamos y vivimos con Él, en Él.

    Éstos son los cinco mandamientos que vamos a considerar:

-El primero, oír Misa entera todo los domingos y fiestas de guardar.
-El segundo, confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha  de comulgar.
-El tercero, comulgar por Pascua Florida.
-El cuarto, ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia.
-El quinto, ayudar a la Iglesia en sus necesidades.

    A veces nos podemos preguntar si estos preceptos son obligatorios en conciencia. El Catecismo de la Iglesia nos da la respuesta: “El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo” (n. 2045).

    En el primer mandamiento, la Iglesia nos indica que hemos de santificar todos los Domingos y las grandes fiestas, días que se llaman de precepto. ¿Cómo lo hacemos? Así nos lo señala el Catecismo:

    «(Este mandamiento) exige a los fieles que santifiquen el día en el cual se conmemora la Resurrección del Señor y las fiestas litúrgicas principales en honor de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos, en primer lugar participando en la celebración eucarística en la que se congrega la comunidad cristiana y descansando de aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa santificación de esos días” (n. 2042)

    Nos da estas indicaciones para que vivamos el Día del Señor: uniéndonos a la vida de Cristo en la Santa Misa, y vivirla con nuestros hermanos de la parroquia; y que, después, fortalecidos por la Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, vivamos el domingo dando paz, sirviendo a los demás, haciendo obras de caridad; por ejemplo, visitando enfermos, atendiendo los deberes de familias, acompañando a personas que estén solas, etc.

    En el segundo mandamiento, la Iglesia nos recuerda que debemos: “confesar los pecados mortales al menos una vez al año”, y así: “asegura la preparación a la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo” (Catecismo, n. 2042).

    El sacramento de la Reconciliación nos ayuda a entender que el principal enemigo de nuestra vida con Cristo es el pecado; es la ofensa a Dios, es el mal que nos hacemos a nosotros mismos cuando pecamos. ¿Qué mal, podemos pensar, si yo lo paso bien mientras peco? El pecado llena de oscuridad nuestra inteligencia y nuestro corazón, y nos disminuye la capacidad para discernir entre el bien y el mal, además de ser una grave ofensa a Dios. El peor daño que nos hace el pecado es acallar la voz de nuestra conciencia, que nos lleva a olvidarnos de Dios o a desconfiar de Él.

    El perdón que Cristo nos da con las palabras y la bendición del sacerdote, nos hace más fuertes y decididos para superar las tentaciones de pecar, de desobedecer a Dios, de hacer mal a nuestros hermanos, tentaciones que tan a menudo nos encontramos en nuestra vida.

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Cuestionario

-¿Me preparo con devoción para la Misa del Domingo? ¿Animamos a nuestros hijos a venir a la Iglesia con nosotros? ¿Voy por amor, porque quiero de verdad, y no por simple obligación?

-¿Procuro servir con cariño a los enfermos, a los necesitados?

-¿He descubierto la alegría de confesarme con cierta frecuencia, y de ser perdonado por Nuestro Señor?