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ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

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La Asunción de Nuestra Señora al Cielo

“Terminado el curso de su vida en la tierra, María fue asunta en cuerpo y alma al Cielo”.

          En María, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, adelanta la plenitud de la santificación del mundo. Realiza todos sus deseos de creación, de redención, de santificación de la criatura humana. María, Asunta al Cielo es la obra perfecta y consumada de Dios,

          María ha recibido en su seno a Dios Hijo en su venida a la tierra. Hoy contemplamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que acoge a Santa María, “terminado el curso de su vida en la tierra", para vivir eternamente con Él en el Cielo, y para gozo de los coros celestiales.

“María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Ángeles se alegran!”

“Hay alegría entre los ángeles y entre los hombres. ¿Por qué este gozo íntimo que advertimos hoy, con el corazón que parece saltar del pecho, con el alma inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la honra la Trinidad Beatísima” (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 171).

Los Ángeles y los Arcángeles se alegran de verla; la contemplan; y nosotros nos unimos a su gozo y al de toda la creación. La contemplan; y nos invitan a que pongamos en Ella nuestra mirada, para que un día, podamos también nosotros estar eternamente con Ella en el Cielo, y ver realizado el sueño de Dios sobre todas sus criaturas: vivir eternamente con sus hijos, los hombres, acompañados de su Madre y nuestra Madre, María.

Y en el Cielo, María nos invita a todos a renovar nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra caridad.

Nuestra fe, porque Ella es la primera criatura que vive en su cuerpo y en su alma la Resurrección de Cristo; la primera criatura que vive la resurrección de la carne, y que contempla cara a cara a Dios, en el Cielo, en su cuerpo glorioso. “En María elevada al Cielo, plenamente partícipe de la Resurrección de su Hijo, contemplamos la realización de la criatura humana según el “mundo de Dios” (Benedicto XVII; 15-VIII-2010).

Nuestra esperanza, porque ya en el Cielo, nos muestra que Dios es fiel en sus promesas, que cumple sus palabras. Dijo Jesús: “Ésta es la vida eterna, dijo Jesús, que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado” (Jn 17, 3); y con Ella no perderemos jamás la esperanza de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Esperanza, porque su mirada materna nos transmite el amor que Dios nos tiene, y llena nuestra alma del Espíritu Santo, como ocurrió cuando visitó a su prima santa Isabel.
Nuestra caridad, y para darnos una caridad que nos mueva a perdonar y a amar a todos, con el amor con que nos ama su Hijo Jesucristo. Nos hace partícipes de la caridad que llevó a su corazón a perdonar a los que crucificaron a su Hijo y a rezar por ellos. Y a rezar y a perdonar por todos los que de una manera u otra le ofenden.

Madre de Dios y Madre nuestra. Desde el Cielo, con su tierna mirada de madre amorosa, nos envía el Espíritu Santo para que renovemos nuestra fe en la vida eterna, y prepare nuestro corazón para acogerlo.

“Ella ha entrado definitivamente en la Gloria del Cielo. Pero esto no significa que esté lejos, que se separe de nosotros; María, por el contrario, nos acompaña, lucha con nosotros. Sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal” (Papa Francisco, 15-VIII-2013) .

En el Cielo, la Virgen María intercede por las almas benditas del Purgatorio, para que lleguen a gozar de Dios eternamente. Pongamos en sus manos las almas de nuestros seres queridos difuntos, para que sea para todos la puerta del Cielo. Y María quiere ser “puerta del cielo” también para nosotros, que peregrinamos en la tierra, porque nos hace descubrir la alegría de Cristo Misericordioso, al perdonar nuestros pecados.

“Contemplando el misterio de tu Asunción, oh María, aprendemos a valorar las realidades terrenas en su justa luz. Ayúdanos a no olvidar nunca que nuestra verdadera y definitiva morada es el Cielo y a sostenernos en el esfuerzo de hacer nuestra convivencia aquí abajo cada vez más fraterna y solidaria. Haznos agentes de justicia y artífices de paz en el nombre de Cristo, nuestra auténtica paz” (Juan Pablo II, 15-VIII-96).

María, asunta en el Cielo, es para todos sus hijos peregrinos en la tierra la luz, la aurora que anuncia el amanecer que esperamos; la Luz que ilumina la tiniebla de nuestro corazón pobre y limitado.

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Cuestionario

1.- ¿Me alegro al contemplar a la Virgen Santísima, ya en el Cielo, en cuerpo y alma gloriosos?

2.- Me doy cuenta de que la devoción a la Madre de Dios prepara mi corazón para recibir con docilidad al Espíritu Santo?

3.- Si el diablo me tienta con la tristeza, ¿acudo a Santa María consciente de que Ella es Madre misericordiosa y Causa de nuestra alegría?