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San José: el último Patriarca, el primer Apóstol.


Cuando contemplamos la figura de san José es fácil que salga del fondo de nuestra alma un gesto de admiración, de asombro, ante este hombre que ha abierto su mente a la Luz de Dios, que ha creído en su Palabra, y que ha amado a Cristo, como ningún otro ser humano, salvo la Virgen Santísima, en la tierra.
La admiración se convierte en agradecimiento, al darnos cuenta de que la fe que ha vivido es un fiel reflejo de la fe con la que María, la Madre de Dios, acogió en su seno a Dios hecho hombre; esa misma Fe que el Señor espera encontrar en cada uno de nosotros.
Quizás nos podemos preguntar: ¿Por qué Dios no ha comunicado a San José el “misterio del nacimiento de Jesús”, con tiempo suficiente para que no tuviera que pasar por el doloroso trance de “resolver repudiar a María en secreto?” Quizá la respuesta es: Dios quiso hacer de san José un hombre de profunda e inconmovible fe; un ejemplo para todos los que a lo largo de los siglos creemos y creerán en Cristo, Hijo de Dios hecho hombre.
En ese doloroso trance de su alma, Dios le envió su luz:
“He aquí que se le apareció un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1, 20-21).
Cesó la perturbación en el corazón de san José; y se convirtió en el hombre justo que “vive de Fe”.
“Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abrahán, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él –un carpintero de Galilea-, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres”(Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa”, n. 42).
Fe en Dios, fe en la encarnación de Cristo, fe en poder llevar a cabo la misión que Dios Padre le invita a realizar con Dios Hijo.
San José es la persona que ha recibido el encargo más precioso y difícil que ningún otro hombre ha tenido desde la creación del mundo, ni tendrá: acoger a la Madre de Dios, cuidar de Ella, custodiar la vida del Hijo de Dios hecho hombre, cuidar de Él en su crecer en la Sagrada Familia.
San José participó, en unión con la Santísima Virgen, del misterio de la Encarnación de Jesucristo. Con amor y fe semejante a María, preparó su espíritu siguiendo fielmente las luces de Dios.
No faltaron contrariedades ni obstáculos en la vida de José. Quizás la primera, después de no haber podido ofrecer a la Virgen otro lugar que un establo, para dar a luz al Redentor, fue la necesidad de marchar a Egipto, en el medio de la noche y en la mayor inseguridad.
El Ángel le mandó huir de Herodes y refugiarse en Egipto. San José reacciona con paz, organiza enseguida las cosas, y sin esperar el amanecer, se pone en marcha.
San Juan Crisóstomo comenta:
“Al oír esto, José no se escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y sufrir un largo desplazamiento: eso es contrario a tu promesa. José no discurre de ese modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que le había dicho: quédate allí –en Egipto- hasta que yo te diga. Sin embargo, no por eso crea dificultades, sino que obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente” (In Mattheum homiliae, 8, 3).
San José realizó su misión fortalecido siempre en el calor del hogar de familia, con Jesús, con María.
“Su paternidad –nos recuerda Pablo VI - se ha expresado concretamente “al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y de la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerse don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda su capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa” (19-III-1966).
Dios quiere que la devoción y el cariño al santo Patriarca nos sostenga a todos, en estos momentos de nuestra historia, de la historia de la Iglesia, en nuestro empeño por vivir la familia, como Dios quiere que la vivamos. Así nos lo recordó el Papa Francisco en su viaje a Filipinas.
“Nuestro mundo necesita familias buenas y fuertes para superar estos peligros. Filipinas necesita familias santas y unidas para proteger la belleza y la verdad de la familia en el plan de Dios y para que sean un apoyo y ejemplo para otras familias. Toda amenaza para la familia es una amenaza para la propia sociedad. Como afirmaba a menudo San Juan Pablo II, el futuro de la humanidad pasa por la familia" (cf. Familiaris Consortio, 85)” (16-I-2015).
San José es Patrono de la Iglesia Universal. Como cuidó paternalmente a Jesucristo, ahora intercede ante la Santísima Trinidad, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, por la Iglesia de Cristo, que somos todos nosotros.
En nuestros ratos de oración-adoración ante Jesús Sacramentado, unamos nuestras voces a las de los Papas Juan Pablo II y León XIII, que rogaron así al Santo Patriarca:
“El varón justo, que llevaba consigo todo el patrimonio de la Antigua Alianza, ha sido también introducido en el “comienzo” de la nueva y eterna Alianza en Jesucristo. Que él nos indique el camino de esta Alianza salvífica, ya a las puertas del próximo Milenio, durante el cual debe perdurar y desarrollarse ulteriormente la “plenitud de los tiempos”, que es propia del misterio inefable de la encarnación del Verbo.
“Que San José obtenga para la Iglesia y para el mundo, así como para cada uno de nosotros, la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”
. (Juan Pablo II, Redemptoris custos, n. 32)
“Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios… Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas…; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad” (León XIII, Quamquam pluries, 15-X-1889).
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Cuestionario

  1. ¿Le pido al Señor vivir mi fe con la delicadeza, docilidad y obediencia, con que la vivió san José?
  2. ¿Rezo a san José para que me enseñe a ser acogedor y cariñoso con el Señor en mis actos de piedad, y especialmente, al recibirle en la Eucaristía?
  3. María y José buscaron con diligencia al Niño Jesús en Jerusalén ¿Pongo el mismo empeño para volver a encontrarme con Jesús, cuando lo he abandonado con mi pecado?