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Cuaresma. Camino de Conversión


“Misericordia, Señor, porque hemos pecado”
Desde el pasado miércoles de Ceniza hemos comenzado la Cuaresma, y la Iglesia nos invita, en este Año de la Misericordia, a acercarnos al Señor con espíritu contrito, con dolor de nuestros pecados, alimentando nuestros deseos de arrepentirnos y de pedir perdón al Señor, que muere en la Cruz por nosotros.
Los cuarenta días de Cuaresma traen a nuestra mirada los días de Jesús en el desierto y las tres tentaciones del diablo que quiso padecer, para enseñarnos a vencer todas las tentaciones de pecar, de alejarnos de Él, de ofenderle, que padecemos en nuestra vida. Conscientes de nuestro pecado, entendemos que la Cuaresma:
“Es un camino, es acompañar a Jesús que sube a Jerusalén, lugar del cumplimiento de su misterio de pasión, muerte y resurrección; nos recuerda que la vida cristiana es un “camino” que recorrer, que consiste no tanto en una ley que observar, sino la persona misma de Cristo, a la que hay que encontrar, acoger, seguir” (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2011).
Contemplando a Cristo que padece y muere por nosotros, en el Amor que nos tiene, descubrimos que la Cuaresma es una camino de conversión, de una conversión que no es sólo cosa de un instante, de alguna luz fulgurante que nos invite a pensar de nuevo en el sentido de nuestra vida. La conversión es un camino que dura, en realidad, toda la vida.
El cristiano tiene delante de sí la posibilidad de convertir su vida, la perspectiva de su vida profesional, familiar, vital, espiritual desde un horizonte humano, a un horizonte humano-divino. Ésa es la conversión que nos lleva a abandonar el vida de pecado, y nos abre el camino para vivir siempre con Cristo, para vivir en santidad.
Esta conversión al anhelo de santidad no es sencillamente cambiar algunos hábitos contrarios a la doctrina del Señor que hayamos podido adquirir: dejar de hablar mal del prójimo; dejar prácticas sexuales contrarias a la moral; recomenzar o mejorar las prácticas de piedad que la Iglesia nos recomienda; dejar de mentir; dejar de robar, etc.
Todo eso será el fruto de la verdadera conversión que se da en la mente del cristiano, en su corazón y en el horizonte de su memoria, en la medida en que en su actuar se va dejando llevar, no sólo por las luces de su inteligencia, sino por las luces de la Fe, de la Esperanza, de la Caridad, que el Señor nos alcanza con su Muerte y su Resurrección.
“La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar –en las nuevas situaciones de nuestra vida- la luz, el impulso de la primera conversión” (Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa. n. 58).
En el itinerario de la Cuaresma, para este recomenzar de cada día, la Iglesia nos invita a vivir: la oración, la limosna y el ayuno. Tres prácticas de piedad que asentarán en nuestro espíritu las raíces de una verdadera conversión.
La oración prepara el alma a descubrir en Cristo la luz de Dios; prepara la voluntad a amar en Cristo el Amor de Dios, y en el corazón de Cristo, amar al prójimo. La oración abre en nuestro espíritu el anhelo de vivir siempre en el Señor, el anhelo de la vida eterna. En la oración personal de cada uno de nosotros ante el Sagrario, podemos considerar con el Señor las escenas de su vida que la Iglesia nos invita a meditar en este tiempo de Cuaresma: las tentaciones en el desierto; el encuentro con la Samaritana; la curación del ciego de nacimiento, la Transfiguración en el monte Tabor, la resurrección de Lázaro, etc.
Meditando estos pasajes, descubriremos que las palabras de Cristo “no pasan”, viviremos con Él en “comunión” que nadie nos podrá quitar, y comprenderemos también que, abandonado el pecado, nos abrimos a la esperanza de la vida eterna.
La limosna abre el alma a las preocupaciones y a las necesidades de los demás, de nuestros familiares, de nuestros amigos, de nuestros conocidos; y nos mueve a compartir nuestro tiempo, nuestros bienes, sirviendo a los demás: “Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás: “Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él” (1 Cor 12, 26) (Papa Francisco. Mensaje de Cuaresma, 2015).
Con la limosna, nuestra caridad, que es amor de Dios, crecerá en el amor por el bien de los demás, por el bien espiritual de los demás, por su conversión a Cristo.
El ayuno, “que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa –y no sólo de lo superfluo- aprendemos a apartar la mirada de nuestro “yo”, para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos hermanos nuestros” (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2011).
Y así nuestro corazón , que ha vivido con Cristo la Cruz, la Pasión, la Muerte, anhela el Cielo, la Vida eterna, en la esperanza de vivir con Cristo su Resurrección.
María nos ayudará a vivir en oración, limosna y ayuno estos días de Cuaresma; a arrepentirnos de nuestros pecados y acogernos a la Misericordia del Señor, que desde la Cruz nos perdona con todo su Amor. Ella es “auxilio de los cristianos”, y “refugio de los pecadores”; pidámosle con toda confianza que nos envíe al Espíritu Santo que fortalezca en nuestros corazones la decisión de caminar con paso firme y seguro, uniendo nuestros dolores y sufrimientos a la Cruz de Cristo, y nos alcance la gracia de vivir con Ella la alegría de Cristo Resucitado.
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Cuestionario

  1. ¿Vivo con espíritu de reparación y de penitencia, el ayuno del Miércoles de Ceniza y del Viernes Santo?
  2. ¿Soy consciente de que si ofrezco al Señor mis sacrificios y mis dolores, le estoy ayudando a llevar la Cruz por nuestros pecados?
  3. ¿Acudo con especial devoción, en este tiempo de Cuaresma, a pedir perdón al Señor de mis faltas y pecados, en el Sacramento de la Reconciliación?