Temas de reflexión

ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

AÑO 2008

Enero

Febrero

Marzo

Abril

Mayo

Junio

Julio

Agosto

Septiembre

Octubre

Noviembre

Diciembre

 

Página principal

 

Octubre


«¡DICHOSA TU, LA CREYENTE!» (Lc 1, 45)


    Con esta bella alabanza expresa Isabel, en el episodio de la Visitación, la respuesta de María al don de Dios que la había escogido para Madre de su Hijo.

    Así lo afirmaba Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris Mater. «La plenitud de la gracia anunciada por el ángel significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la Visitación, indica cómo la Virgen de Nazaret ha respondido a ese don» (n. 12).

    La aclamación de la Madre del Bautista tiene cierto deje de tristeza y de santa envidia resignada. Se adivina que está comparando la suerte de la Virgen con la desgracia de Zacarías, que se había quedado mudo por su falta de fe. Pero es sobre todo  -y abiertamente- un elogio positivo a la fe de María.

    La forma literaria de la frase de Isabel es un macarísmo o bienaventuranza. Bienaventuranza singular... ¡y en singular!

    Normalmente los macarismos o bienaventuranzas son plurales. Se refieren a todos los afectados por la condición expresada.

    Bienaventurados todos los que sean pobres de espíritu; bienaventurados todos los limpios de corazón, etc.

    La Bienaventuranza de la Fe, que Jesús había de formular en plural después de Resucitado («Bienaventurados los que, sin ver, creerán»: Jn 20, 29), no se refiere en nuestro caso a todos los que crean en general, sino a la mujer concreta que Isabel tiene delante, y a la que llama bienaventurada porque ha creído. Aunque la expresión original griega parece formulada en tercera persona («¡Dichosa la que ha creído!», su verdadera traducción en el contexto es la que encabeza muestra reflexión de hoy: «¡Dichosa Tú, la Creyente!»

    «La que ha creído», que expresa a la vez el sujeto y el motivo de la bienaventuranza, es en boca de Isabel un epíteto (en griego, un participio aorísto), que viene a ser un sobrenombre característico y distintivo de la Virgen, como lo es en la pluma de Juan 11,2 «la que ungió» dicho de la hermana de Lázaro. Este título, aplicado a María la de Betania, es como la nota característica, el apodo constituyente de la propia identidad con la que había de pasar a la historia: ¡La Ungidora! «Dondequiera que se proclame este Evangelio en todo el mundo -sentenció Jesús- se hablará también de lo que ésta ha hecho, para memoria suya» (Mt 26, 13).

    Paralelamente, el término «la Creyente» empleado por Isabel con referencia a la madre de Jesús -y de factura literaria idéntica al anterior-, será el calificativo con que la Virgen pasará a la historia.

    Dondequiera que se proclame el Evangelio, María será aclamada como «la Creyente» por excelencia.

    Tenía razón, Señora, la buena de Isabel para decirte ese piropo.

    Tu fe es excepcional.

    Al fin y al cabo, lo de ellos, lo de Isabel y Zacarías -eso de concebir a pesar de la esterilidad y vejez- había ocurrido ya otras veces: en Abraham y Sara, en los padres de Samuel... y en los de Sansón.

    Pero lo tuyo, en cambio -eso de concebir sin obra de varón- era totalmente nuevo, algo inaudito, cosa nunca vista.

    Tú eres, Madre, la primera Creyente cristiana.

    ¡La Madre de todos los creyentes en Cristo!

    Quiero parecerme a Ti.

    Como uno más de los muchos que, a tu ejemplo, han creído y creen en Dios; de los muchos que se han fiado y se fían de Él, aunque en ocasiones -como te pasaba a Ti- no Le entiendan, y su Providencia les resulte desconcertante.

    Quiero creer y fiarme siempre, con los ojos cerrados, y el corazón abierto a la confianza en el Padre.

    ¡Como Tú, Madre, como. Tú!


CUESTIONARIO

. ¿Calibramos debidamente los quilates de la fe de María en medio de las dificultades con que Dios la probó?

· ¿Procuramos parecemos a Ella?

· ¿Acudimos a Ella confiadamente cuando flaquea nuestra fe?