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Bienaventuranzas. VI.- Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

 

    “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”.

    ¿Quiénes son los mansos? Quizá esta bienaventuranza es una de las que con más frecuencia se interpreta con sentido reductivo y limitado; casi como si el tesoro de la mansedumbre se redujera a un sencillo no airarse ante el mal. Si el mismo Señor nos aconseja que aprendamos de Él, que es "manso y humilde de corazón", necesariamente nos está indicando el alcance y la hondura espiritual de la mansedumbre, que no puede, por tanto, limitarse a mantener calma y resignación en momentos difíciles.

    “Mansos son los que no ceden ante la maldad, y no resisten al malvado, antes vencen el mal con el bien” (san Agustín). La mansedumbre es una virtud muy positiva: quiere vencer el mal, no simplemente soportarlo. Quiere convertir al malvado, no sencillamente sufrirlo.

    La mansedumbre es la disposición con la que Jesucristo lleva a cabo la redención del mundo, cargando en su corazón con todo el pecado de los hombres; y vive así el vencimiento del pecado, el triunfo sobre la muerte en comunión con todos los redimidos. Cristo es manso en su nacimiento; es manso en su vida pública; vive la mansedumbre en el abandono de la cruz; y manifiesta el definitivo sentido sobrenatural de la mansedumbre en su paciencia y comprensión con los discípulos de Emaús, con Pedro, con la Magdalena.

    Son mansos quienes soportan con serenidad el mal que les rodea y no cejan en hacer el bien; quienes desean vencer el mal con abundancia de bien (cf. Rom 12, 21); quienes ceden ante la maldad, ante la injusticia, sin por eso dejar de defender la Verdad y sus derechos, si fuera el caso. Los mansos nunca devuelven mal por mal; alejan de su corazón cualquier deseo de venganza; y rezan por la conversión de los pecadores, de los enemigos, de quienes les persiguen, de quienes les maltratan.

    Viven la mansedumbre quienes sufren con paciencia las persecuciones injustas; los que en las adversidades mantienen el ánimo sereno, humilde y firme, y no se dejan llevar de la ira o del abatimiento. La fuerza invencible de los mansos es la paciencia, y es a ellos a quienes se refiere el evangelista cuando dice: “En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas” (Lc 21, 19).

    Cristo se nos presenta como manso, entre otros pasajes del Evangelio, al aceptar ser tentado por el demonio (cf. Mt 4, 1-11); al recordar a Santiago y a Juan que la venganza y el castigo no son el camino para convencer a nadie (cf. Lc 9, 52-56)  -y mucho menos para anunciar la Fe en el Hijo de Dios hecho hombre-; al curar la oreja que Pedro cortó con la espada, en el Huerto de los Olivos (cf. Jn 18, 10-11).

    A los mansos se les promete “que poseerán la tierra”. Lógicamente no se promete el poder sobre las naciones ni grandes riquezas y bienestar. Se les promete tener paz en la tierra, especialmente consigo mismos, y así poder gozar del tesoro de la creación, de la convivencia pacífica con sus semejantes. Los mansos saben que con la violencia no se arregla nada; y saben también que la fuerza para dar testimonio de la Fe, del Amor de Cristo, están en la justicia, en la verdad, en la libertad, en la mansedumbre y en la paz. Sólo así se puede construir una verdadera ciudad de los hombres para el bien de todos.

    Los mansos quedan muy bien reflejados en estas palabras de san Pablo a Timoteo: “Evita también las cuestiones necias y tontas, sabiendo que engendran altercados; y al siervo del Señor no le conviene altercar, sino mostrarse manso con todos, pronto para enseñar, sufrido, y con mansedumbre corregir a los adversarios, por si Dios les concede el arrepentimiento y reconocer la verdad y volver en razón, libres del lazo del diablo, del que están cautivos, bajo su voluntad” (2 Tm 2, 23-26).

    En esta bienaventuranza comprobamos la fuerza de la virtud de la Caridad y  de  la  Esperanza, que hacen posible que el hombre no desmaye en vivir el bien, convencido de que el mal, el pecado, no es nunca la última palabra. Caridad y Esperanza, que son el fundamento del martirio, acto por excelencia de la mansedumbre; y que manifiesta a la vez una Fe muy arraigada en Cristo Nuestro Señor.

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Cuestionario

1.- ¿Pido perdón a Dos y me arrepiento, si alguna vez alimento deseos de venganza en mi corazón?

2.- ¿Dejo de hacer el bien a una persona, porque no piensa como yo en cuestiones políticas, sociales, culturales o porque no tiene mi misma Fe?

3.- ¿Pido al Señor que me dé paciencia en las adversidades, y aprenda así a sacar bien para mi alma, de todo lo que me ocurre?