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Bienaventuranzas. IV- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos

 

    Entramos ahora en la breve exposición del sentido de cada bienaventuranza.

    En la esperanza de que puedan servir de ayuda para una mejor comprensión, señalo algunos pasajes del Evangelio en los que Cristo nos da ejemplo de cada bienaventuranza. Y a la vez, subrayaremos la acción de una de las tres Virtudes teologales para vivir cada bienaventuranza, sin olvidar  la acción conjunta de las tres.

    En concreto, ¿a quiénes podemos considerar pobres de espíritu? Quienes son conscientes de las limitaciones de su condición de criaturas, y de que la vida y todas las cualidades de las que se ven enriquecidos, son dones gratuitos de Dios. Y con esa conciencia, que se manifiesta en un corazón contrito y humilde, rezan confiadamente a Cristo pidiéndole por sus necesidades y alegrándose al dirigirse a su Padre Dios.

     El pobre de espíritu es el hombre que sabe que sin Dios, ni él ni su vida ni sus riquezas ni sus talentos tienen sentido.

    Aunque a veces se insiste en el sentido más material de la palabra pobre, podemos decir que la pobreza evangélica no es la miseria ni la desnudez. Gartry señala que la pobreza de la que habla Cristo “es la conquista por el trabajo de la vida cotidiana. Es una cosa santa que todos debemos respetar, estimar y buscar…Es la novia del trabajo y del esfuerzo, la madre de toda virtud. Es la maestra del género humano”.

    Y Chevrot  escribe: “La pobreza que Jesús reclama de sus discípulos está menos ligada a un estado económico que a su estado de ánimo. Por eso, su pensamiento está, sin duda, mejor expresado en el texto de San Mateo –Bienaventurados los pobres de espíritu-, que en una edición reciente traducía así: Bienaventurados los que tienen alma de pobre”.

    Son pobres de espíritu los que no ponen su corazón ni en las riquezas temporales ni en los honores, aunque tengan riquezas y honores. Saben usar esos bienes al servicio de los demás, creando trabajo y teniendo su alegría en preocuparse de las necesidades de los que le rodean. Los pobres de espíritu dan siempre gracias por el bien que se les hace, y dan gracias, también, cuando tienen la oportunidad de hacer un bien.

    El pobre de espíritu es el que agradece todo el bien que recibe, porque se considera sin derecho a recibir nada; el que busca servir a los demás en todo lo que lleva a cabo, sin preocuparse de recibir nada a cambio, porque sabe que su riqueza , como la de Cristo, es la de servir. El pobre de espíritu es el que goza con el bien que ve en los otros, y agradece de todo corazón encontrarse con Cristo Jesús en la Eucaristía.

    “Con razón se entienden aquí por pobres de espíritu a los humildes y temerosos de Dios, es decir, a los que no tienen espíritu hinchado” (san Agustín).

    Cristo, en su Humanidad Santísima, nos da ejemplo de este vivir pobre de espíritu cuando reza por la resurrección de Lázaro, y agradece al Padre que le escuche: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas” (Jn 11, 41-42). También cuando subraya su dependencia del Padre: "porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, las palabras que yo hablo, las hablo como el Padre me ha dicho a mí" (Jn 12, 49-50).            

    Esa pobreza es la disposición espiritual necesaria que todos hemos de vivir, si queremos recibir el Reino de Dios, que Cristo anuncia a los pobres de espíritu, ya aquí en la tierra. Dios quiere vivir en nuestro espíritu, en nuestro corazón, en nuestros afanes de cada día.

    Cristo nos anunció que “el Reino de los Cielos está dentro de vosotros”. Muchos  rechazan el Reino, porque viven de ellos mismos, de su egoísmo, de sus riquezas. Los pobres de espíritu lo reciben, y son así los verdaderos ricos en el Señor. Conscientes de sus limitaciones, de la gratuidad de la creación amorosa de Dios, se vacían de sí mismos y el Señor los llena con su Gracia, con su Luz, con su Reino, ya en la tierra y en preparación de la vida eterna.

    En esta bienaventuranza podemos subrayar el predominio de  la acción de la Fe, que ayuda al hombre a descubrir su condición de criatura, y sabe que sin Dios, el hombre se desvanece. Y con la Fe, la Esperanza de ver su vacío lleno del amor que Dios siembra en él, que le lleva a amar a todos los pobres de la tierra, a todos los indigentes, porque descubre que todos los hombres estamos necesitados del Amor de Dios.

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Cuestionario

1.- ¿Soy consciente de que sin la ayuda de Dios no puedo hacer nada bueno?

2.- ¿Soy agradecido con todas las personas que me hacen algún bien: un médico, un profesor, una empleada del hogar, un sacerdote, un dependiente de comercio?

3.- ¿Arranco de mi corazón cualquier movimiento de envidia hacia los demás, quejándome de los bienes que ellos tienen y de los que carezco?