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Adoración Nocturna Española

 

Adorado sea el Santísimo Sacramento   

 Ave María Purísima  

 
 

 

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Adorar y Pedir

       PEDID Y SE OS DARÁ

       Una de las cosas que los hijos hacen con más frecuencia a sus padres es PEDIR. Pero los padres no se ofenden por ello, al contrario, les agrada que los hijos tengan confianza y sepan que por su amor ellos siempre van a intentar darles lo que les piden, si es bueno para ellos. Al fin y al cabo  “¿Quién de vosotros si su hijo le pide un pan le dará una serpiente? Pues mucho más el Padre Bueno dará sus dones a los que le piden”. Es una de nuestras labores de oración mientras nos postramos adorando a Jesús en la Eucaristía. Pidamos. Sin miedo. Con confianza. Empezando por lo importante, como nos enseña Trelles:

       Parece que el momento de exponer nuestras súplicas ha llegado, y nuestros labios pueden murmurar estas palabras: «Puesto que estás en mí, Señor, yo te abriré mi corazón y te presentaré mis humildes súplicas. No te pido, oh mi Dios, ni bienes de la tierra, ni honores. ni placeres de este mundo, solamente aspiro á los bienes sobrenaturales: la luz de la verdad que me haga comprender la vanidad de las cosas humanas, la fuerza de que tiene mi corazón tanta necesidad, el fin de sus debilidades y retraimiento morales que detienen mis pasos en el camino de la virtud. Lo que te pido es una fidelidad inviolable a tu santa ley y aun mayor ardor en tu servicio. Trasforma mi corazón tan lleno de sentimientos terrestres y egoístas, tan vacío de sentimientos generosos y celestiales. Crea en mí un corazón puro y renueva en mí un espíritu recto.» (LS, T.I, p.265)

       Es de las primeras cosas que nos sale cuando nos acercamos a Dios, parece la oración más espontánea, en el fondo sabemos que Él puede cosas que nosotros no podemos y que Él nos quiere bien. Quien pide con humildad, insistencia sabe por tanto que recibirá.

       Pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso “luchar en la oración” son todo matices de una sola actitud interior. CEC 2629, quien pide se sabe limitado, sabe que no tiene todo bajo control, incluso que muchas veces ha metido la pata. Pedir nos hace volver a nuestro Origen y llegar a nuestro Fin, pedir nos pone en relación filial-paternal con Dios, porque pedir es lo propio de los hijos.

       Desde nuestras heridas, desde nuestros gemidos se alza muchas veces una petición implícita. El mundo gime en dolores de parto, nosotros gemimos en esperanza… pero es sobre todo el Espíritu Santo quien viene a nosotros y pide con gemidos inefables. Él es el que hace explícita nuestra petición, nosotros no sabemos pedir como conviene. Por eso hemos de invocarle para que nos sugiera la materia y nos ayude en el modo de nuestras súplicas (CEC 2630).

       En el Padrenuestro hay siete peticiones. De alguna manera resumen lo más importante de nuestro deseo: la santidad, el reino, la voluntad divina, el pan de cada día, el perdón de las ofensas, apartarnos de la tentación, librarnos del Malo… Dice el catecismo que “Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino” (CEC 2632). ¡Es  más sencillo de lo que creemos!

       Ahí está todo contenido, “buscad el Reino de Dios…”, pero cuando se participa así en el amor salvador de Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de petición (CEC 2633). Las cosas materiales y las espirituales, las necesidades propias y las ajenas, los detalles de amor y las necesidades angustiosas… Todo nos puede dar pie para elevar nuestra petición al Señor.

       Al fin y al cabo, Cristo al encarnarse ha asumido todo lo humano para rescatarlo todo; cuando le pedimos a Él glorificamos su nombre. De hecho, la liturgia de la Misa está llena de peticiones, todas hechas “por Jesucristo nuestro Señor”, Él es nuestro único título para presentarnos ante el Padre con una súplica. Quizá podemos hoy inspirarnos en la petición de la Cananea:

       Una mujer cananea, que llegaba de ese territorio, empezó a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio.». Pero Jesús no le contestó ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros.» Jesús contestó: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.» Pero la mujer se acercó a Jesús; y, puesta de rodillas, le decía: «¡Señor, ayúdame!» Jesús le dijo: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos.» La mujer contestó: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija (Mt 15, 22-28).

       Sin derecho a nada, (y sabiéndolo), pero también sin vergüenza ni pudor, con insistencia y con humildad, con santa audacia, con rápido ingenio, hasta oír esas dulces palabras del Señor “que se cumpla tu deseo”. ¡Qué hermosas palabras para escuchar en el silencio de una noche de Adoración!

        San Agustín nos anima a pedir y pedir:

       Vete al Señor mismo, al mismo con quien la familia descansa, y llama con tu oración a su puerta, y pide, y vuelve a pedir. No será Él como el amigo de la parábola: se levantará y te socorrerá; no por aburrido de ti: está deseando dar; si ya llamaste a su puerta y no recibiste nada, sigue llamando que está deseando dar. Difiere darte lo que quiere darte para que más apetezcas lo diferido; que suele no apreciarse lo aprisa concedido".  "Vergüenza para la desidia humana. Tiene Él más ganas de dar que nosotros de recibir; tiene más ganas Él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias" (Sermón 105).

       ¿Qué cosas pides a nuestro Dios? ¿Qué cosas te ha concedido tras mucho suplicar? ¿Pides por intercesión de los santos?