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Reflexiones sobre la Fe.-VII. Jesucristo, Pasión, Muerte y Resurrección


     “Jesús es Dios que…por amor se ha hecho historia en nuestra historia; por amor ha venido a traernos el germen de la vida nueva (cf.  Jn 3, 3-6) y a sembrarla en los surcos de nuestra tierra, para que germine, florezca y dé fruto” (Benedicto XVI, 6-I-2007).

    Y  este hacerse historia acontece en un tiempo y en un lugar bien determinado:
“Jesús no ha nacido y comparecido en público en un tiempo indeterminado, en la intemporalidad del mito. Él pertenece a un tiempo que se puede determinar con precisión y a un entorno geográfico indicado con exactitud… La fe está ligada a esta realidad concreta, aunque luego se supera el espacio temporal y geográfico por la resurrección, y el “ir por delante a Galilea” (cf. Mt 28, 7) del Señor introduce en la inmensidad abierta de la humanidad entera (cf. Mt 28, 16 ss)” (Benedicto XVI, La infancia de Jesús, pág. 71).

    Toda la vida de Cristo es un misterio, nos recuerda el Catecismo en los nn. 514 y ss., y hemos de ser conscientes de que, mientras vivamos en la tierra, nunca llegaremos a descubrir las lecciones de amor que nos manifiesta toda la vida de Nuestro Señor Jesucristo

    Es un misterio que nos manifiesta el verdadero rostro de Dios Padre, hace presente a Dios entre los hombres y con su vida nos da ejemplo de la nueva Vida que Él nos trae.
Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10). La prueba de que Dios nos ama es “que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros” (Rm, 5, 8)

    Para poder desentrañar ese misterio de Amor de Dios con los hombres, hemos de esforzarnos por conocer bien los hechos de la vida de Cristo que recogen los Evangelios. Son verdadera historia, y el Espíritu Santo ha inspirado a los cuatro evangelistas –Mateo, Marcos, Lucas, Juan-  para que dejaran constancia, precisamente, de todas estas acciones de Cristo que abren los verdaderos horizontes de nuestra fe, de nuestra esperanza, y de nuestra caridad.        

    “Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en Él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (Catecismo, n. 515).
Leyendo y contemplando esos hechos, esas parábolas, descubriremos una verdad que iluminará siempre nuestra inteligencia, porque  la vida de  Jesús: su infancia, su vida oculta, su bautismo, sus tentaciones, toda su vida pública, su Pasión, su muerte y su Resurrección, nos hacen comprender que todas las acciones de Cristo manifiestan el Amor de Dios Padre a los hombres. Toda la vida de Jesucristo es: 

    a) Revelación del Padre: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9), y el Padre: “Éste es mi Hijo amado; escuchadle” (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos “manifestó el amor que nos tiene” (1 Jn 4,9).

    b) Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-14; 1 Pe 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación, porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que purifica a sus oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales “él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17; cf. Is 53, 4); en su resurrección, por medio de la cual nos justifica (cf. Rm 4, 25).

    c) Recapitulación. Todo lo que Jesús hizo, dijo y sufrió, tiene como finalidad restablecer al hombre caído en su vocación primera:

    «Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 18, 1). Por lo demás, ésta es la razón por la cual Cristo ha vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo así a todos los hombres la comunión con Dios (ibíd.., 3,18,7; cf. 2, 22, 4)”.

    Y así, Cristo ve cumplida su oración al Padre: “Que todos sean uno, como tu Padre en mi y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros” (Jn 17, 21).

Cuestionario:

 - ¿Hacemos un acto de fe en la divinidad de Jesús, cuando contemplamos la Pasión de Cristo, y lo vemos clavado en la Cruz?

 - ¿Vivimos un acto de esperanza en la salvación que nos ofrece Cristo, en la vida eterna, al gozar de la Resurrección, después de acompañar a Cristo en el silencio del Sepulcro?

 - ¿Nace en nuestro corazón un acto de caridad, de amor agradecido a Dios?