Temas de reflexión

ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

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Reflexiones sobre la Fe. XIV.-  María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia

           

    Comenzamos nuestra última reflexión con un profundo acto de fe:

    “Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, y que Ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original y que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas”.

    Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención, la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste, y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos (Credo del Pueblo de Dios, Pablo VI, 30-VI-1968. nn. 14-15).

    En estas líneas Pablo VI resume las principales verdades de fe que la Iglesia ha ido afirmando a lo largo de los siglos sobre la Virgen María: es Madre de Dios;  concebida sin pecado, la Inmaculada Concepción; llevada al cielo al término de su vida mortal: es Asunta al Cielo. Y es siempre virgen: “Virgen antes del parto, en el parto y después del parto”.

    Dios Padre preparó a la Virgen para ser Madre de su Hijo. Jesucristo quiso que siguiera esa misión también con cada uno de nosotros y con toda la Iglesia. ¿Cómo? El pueblo cristiano cree firmemente que María es Madre de la Iglesia en el orden de la gracia, porque ha dado a luz a Jesús, el Hijo de Dios, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Jesús, agonizante en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27).

    Así nos  recuerda Juan Pablo II la labor maternal de María:

    “Nadie como María sabrá introducirnos en la dimensión divina y humana del misterio de la Redención. Nadie como María ha sido introducido en él por Dios mismo. En este consiste el carácter excepcional de la gracia de la Maternidad divina. No sólo es única e irrepetible la dignidad de esta Maternidad en la historia del género humano, sino también única por su profundidad y por su radio de acción es la participación de María, imagen de la misma Maternidad, en el designio divino de la salvación del hombre, a través del misterio de la Redención (…)”.

    “El eterno amor del Padre, manifestado en la historia de la humanidad mediante el Hijo (...) se acerca a cada uno de nosotros por medio de esta Madre y adquiere de tal modo signos más comprensibles y accesibles a cada hombre. Consiguientemente, María debe encontrarse en todas las vías de la vida cotidiana de la Iglesia. Mediante su presencia materna, la Iglesia se cerciora de que vive verdaderamente la vida de su Maestro y Señor, que vive el misterio de la Redención en toda su profundidad y plenitud vivificante” (Juan Pablo II, Redemptor hominis, IV,22).

    “Incluso tras su Asunción al cielo, ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad y ejerciendo sobre ellos un influjo salvífico, que mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo. Los fieles ven en María una imagen y un anticipo de la resurrección que les espera, y la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora” (Compendio del Catecismo de la Iglesia, n. 197).

    Como adoradores eucarísticos veneramos especialmente a nuestra Madre sabiendo que  María es mujer « eucarística » con toda su vida; y  con toda la Iglesia, la tomamos como modelo en nuestra devoción al santísimo Misterio encerrado en el Sagrario. Ella, podemos decir, es el primer Sagrario de Cristo en la tierra.

    “Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. (...) Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: « no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así pan de vida » “ (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, VI, 54).

    ¿Cómo la veneramos?

    “María, exaltada por la gracia de Dios por encima de todos los ángeles y los hombres después del Hijo, por ser la Madre Santísima de Dios, que intervino en los misterios de Cristo, con razón es honrada por la Iglesia con especial culto” (Lumen Gentium, 66).

    El pueblo cristiano rinde, con alegría y agradecimiento, un culto singular a la Virgen María, que se diferencia esencialmente del culto de adoración, que se rinde sólo a la Santísima Trinidad. Esa devoción se manifiesta de forma muy particular en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el santo Rosario, compendio de todo el Evangelio.

    ¿Qué mejores palabras que esta comunión espiritual, para recibir la Eucaristía en compañía de María?: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los santos”.

Cuestionario

 - ¿Trato a la Virgen María con el amor y el cariño de un hijo?

 - ¿Le pido ayuda para vivir con Ella mis ratos de adoración eucarística?

 - ¿Doy gracias a Jesucristo por habernos dado, como Madre nuestra,  a su propia Madre?