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Reflexiones sobre la Fe.- XI .- Creo en la Santa Iglesia Católica (II) 

                                                                                                   
    Para entender un poco mejor el misterio de la Iglesia, y ser  más conscientes de que la Iglesia no es una institución fundada por hombres y mujeres,  con el fin de hacer un poco de bien a hombres y mujeres de todo el mundo, nos conviene ahora reflexionar sobre las cuatro notas que caracterizan a la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo. Estas notas son: Una, Santa, Católica y Apostólica.“Esta Iglesia, constituida y ordenada en el mundo como una sociedad, subsiste  en la Iglesia Católica” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 8).

    La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; tiene un fundador y una cabeza: Jesucristo, que restablece la unidad de todos los pueblos en un solo cuerpo. Tiene como alma al Espíritu Santo que une a todos los fieles en la comunión en Cristo. La Iglesia tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad.

    En las Iglesias y confesiones cristianas  que se separaron de la plena comunión con la Iglesia Católica, se hallan muchos elementos de santificación y verdad. Estos bienes proceden de Cristo e impulsan a todos  hacia la unidad con, y en, la Iglesia Católica. Por esta razón, a la vez que respetamos la libertad religiosa de todos,  hemos de rezar por la unidad de todos los cristianos en la Iglesia Católica, y con Pedro.

    La Iglesia es santa porque Dios santísimo es su autor; Cristo se ha entregado a sí mismo por ella, para santificarla y hacerla santificante; el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. En la Iglesia se encuentra la plenitud de los medios de salvación. Todos estamos llamados a vivir en la Iglesia, “con Cristo, en Cristo, por Cristo”: y esa es la santidad. Y como nunca llegamos en la tierra a esa plena unión e identificación con Jesucristo, en la Iglesia todos nos reconocemos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación.

    La Iglesia es católica, es decir universal, en cuanto en ella Cristo está presente: «Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica» (San Ignacio de Antioquía). La Iglesia anuncia la totalidad y la integridad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada en misión a todos los pueblos, pertenecientes a cualquier tiempo o cultura, para que todos conozcan y reciban a Cristo, Luz del mundo.

    La Iglesia es la puerta de la salvación para todos los hombres. Toda salvación viene de Cristo-Cabeza por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo. Por lo tanto no pueden salvarse quienes, conociendo la Iglesia como fundada por Cristo y necesaria para la salvación, no entran y no perseveran en ella.

    A la vez, la Iglesia reafirma que,  gracias a Cristo y a su Iglesia, pueden alcanzar la salvación eterna todos aquellos que, sin culpa alguna, ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y, se esfuerzan en cumplir  su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia (cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 173)..

    La Iglesia es apostólica por su origen, ya que fue construida «sobre el fundamento de los Apóstoles» (Ef 2, 20); por su enseñanza, que es la misma de los Apóstoles.  El Señor ha prometido a los pastores de su Iglesia que jamás les abandonará: “Y yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt., 28, 20).

    Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles. Gracias a esta “sucesión apostólica”, la Iglesia se mantiene en comunión de fe y de vida con su origen, mientras a lo largo de los siglos ordena todo su apostolado a la difusión del Reino de Cristo sobre la tierra.

    La Iglesia somos todos los bautizados, y cada uno vive “con Cristo, en Cristo y por Cristo”, según su propia condición y misión: sacerdotes, seglares, solteros, casados, hombres, mujeres. En la Iglesia, todos los bautizados vivimos la dignidad de “hijos de Dios en Cristo Jesús”, y todos estamos llamados a ser santos.

    Hemos de rezar siempre por el Papa, Obispo de Roma y sucesor de san Pedro, que es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal.

    Para que el Papa pueda llevar a cabo su misión, ha recibido la gracia de la  infalibilidad. O sea, no se equivoca en cuestiones de Fe. ¿Cuándo es infalible?  Cuando en virtud de su autoridad de Supremo Pastor de la Iglesia, o  con el colegio de los obispos en comunión con él, sobre todo en un Concilio Ecuménico, proclama con acto definitivo una doctrina referente a la fe o a la moral. También cuando  en su Magisterio ordinario, él y los obispos proponen una doctrina como definitiva. Todo fiel debe adherirse a tales enseñanzas con el obsequio de la fe.

Cuestionario:

 - ¿Rezo por la unidad de todos los cristianos bajo la única autoridad de Pedro?

 - ¿Pido al Señor  vocaciones sacerdotales, para que los cristianos puedan recibir siempre, y en cualquier situación, la gracia de los Sacramentos?

 - ¿Acepto con humildad de inteligencia y de corazón las indicaciones litúrgicas, morales, etc., que recibo del Papa y de los Obispos?