Temas de reflexión

ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

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Reflexiones sobre la Fe.IX. Dones y frutos del Espíritu Santo

 

    “Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. //Ven, Padre de los pobres; ven, dador de las gracias; ven, luz de los corazones//…//Lava lo que está sucio; riega lo que es árido, cura lo que está enfermo.// Doblega lo que es rígido, calienta lo que está frío; dirige lo que está extraviado”.

    Así rezamos el día de Pentecostés, pidiendo al Espíritu Santo que venga a nuestra alma, y derrame en nuestros corazones el fuego del Amor de Dios.
¿Cómo actúa el Espíritu Santo en nosotros?

    Este vivir del Espíritu Santo en nosotros desvela un misterio al que jamás nos acostumbraremos los seres humanos: Dios vive con nosotros, y en nosotros.

    Hasta ahora habíamos acogido en nuestra mente la realidad de un Dios que nos ha creado a "su imagen y semejanza"; que "nos ha hecho hijos en el Hijo"; que "ha enviado a su Hijo para redimirnos de nuestro pecado". Y a partir de ahora necesitamos convertirnos a una realidad más allá de cualquier imaginación humana: Dios viene a vivir con nosotros, para que nosotros comencemos ya aquí, en la tierra, a vivir la vida eterna. Se hace más íntimo a nosotros, que nosotros mismos, en audaz consideración de san Agustín.

    El hombre es injertado en Cristo, por la acción del Espíritu Santo, en el Bautismo, que viene a ser el inicio del Pentecostés personal de cada cristiano, que prosigue al recibir la Confirmación, y que va renovándose y culminando, paso a paso, en la recepción de los demás Sacramentos, y muy especialmente de la Eucaristía.

    Cristo había dicho que el Hijo del hombre había venido "para que tengan vida, y la tengan abundante" (Jn 10, 10). El Espíritu Santo llega para cumplir la promesa.
Es la nueva vida que nos comunica el Espíritu con sus dones.

    “La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo” (Catecismo, n. 1830).

    “Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas. «Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana» (Sal 143,10). «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios [...] Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Rm 8, 14.17)” (n. 1831).

    El don de la Sabiduría nos descubre la Verdad de Dios y nos lleva a adorarle: “Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él” (Sal 33, 9).

    El don de Inteligencia nos abre los ojos para sabernos criaturas de Dios, un creador que nos ama, y hace todo pensando en nuestro bien.

    El don de Ciencia, nos ayuda a descubrir en la naturaleza la verdad, la belleza, el amor de Dios.

    El don de Consejo ilumina nuestra inteligencia para que podamos comprender los planes de Dios sobre nosotros: nuestra vocación; el sentido real de nuestra vida.

    El don de Fortaleza sostiene la Esperanza, anclada en Dios, y la mantiene abierta a la Vida eterna.

    El don de Piedad invita al hombre a dirigirse con plena confianza a Dios Padre. Nos anima a no romper nunca el diálogo con Dios, a no dejar nunca de elevar nuestro corazón a Dios: “la piedad es útil para todo, pues tiene la promesa de la vida, la presente y la futura” (1 Tim 4, 8).

    El don de Temor de Dios nos lleva a amar a Dios, con Dios y en Dios. Arranca del alma cualquier miedo a Dios; porque el Espíritu Santo nos descubre que Dios ama con la pena de que el hombre no quiera recibir todo el amor que Él quiere darnos. Compartir con Dios esa pena es vivir el temor de Dios.

    Éste consiste en vivir con Dios el peso de su Amor a los hombres.

    Con este vivir del Espíritu Santo en nosotros comienza a echar raíces, a injertarse, en nuestra persona, la obra de la redención llevada a cabo por Jesucristo Nuestro Señor.

La gracia recibida con los dones, hace crecer en nosotros los frutos del Espíritu. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Gal 5,22-23).

    Con estos hábitos de obrar el bien, vivimos en el amor de Dios y amamos a todos como Cristo los  ama: sirviéndolos.

 

Cuestionario

 - ¿Vivo con la alegría de saberme hijo de Dios, y sirvo a los demás viendo en ellos a otros hijos de Dios?

 - Al rezar el Padrenuestro, ¿soy consciente de que el Espíritu Santo mueve mi alma para dirigirme a Dios Padre?

 - ¿Pido al Espíritu Santo que me dé su Paz, y sea yo un hombre de paz con todos?