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Reflexiones sobre la Fe. XIII.- «Creo en la resurrección de la carne, y la vida eterna”

 

     San Pablo llama la atención a los cristianos de Corinto en el deseo de mantenerlos fielmente asentados en la fe. « ¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe [...] ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1 Co 15, 12-14. 20).

    La fe en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella" (Tertuliano, De resurrectione mortuorum 1, 1); los Apóstoles y primeros discípulos, no han dejado jamás de anunciarla, como queda bien patente en el discurso de san Pablo a los atenienses (cf. Hch 17, 22). La fe en la resurrección de los muertos tiene una característica peculiar: la fe en la resurrección de la carne.

    El término carne designa al hombre en su condición de debilidad y mortalidad. «La carne es soporte de la salvación» (Tertuliano). En nuestra muerte, se separan el alma y el cuerpo. Nuestro cuerpo se corrompe, y nuestra alma -en espera de reunirse con su cuerpo- va al encuentro con Dios, o se aleja para siempre de Dios. Dios en su omnipotencia, y al final de los tiempos, dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible y se volverán a unir a nuestras almas. Para unos será resurrección de vida, para otros, resurrección de muerte.

    ¿Qué significa la resurrección de la carne? Significa que el estado definitivo del hombre –su vida eterna- no será solamente el alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos mortales un día volverán a tener vida.

    Así como Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y vive para siempre, así también Él resucitará a todos en el último día, con un cuerpo incorruptible: «los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 29).

    ¿Podemos comprender  y entender plenamente esta realidad de nuestra resurrección? No. La creemos firmemente, según aquella palabra de san Pablo: «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él» (2 Tm 2, 11).

    Con la resurrección de la carne, creemos en la vida eterna. La vida en la tierra es un tránsito hacia la vida eterna que comienza inmediatamente después de la muerte, y que no tendrá fin. ¿Qué ocurre en  y después de la muerte?  Recordamos lo que hemos estudiado en nuestros catecismos: las postrimerías del hombre son: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria.

    La muerte ya la conocemos y quizá  hemos tenido ocasión de vivirla en personas queridas y en amigos cercanos. En el juicio particular, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras, una retribución: el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien la condenación eterna al infierno.

    Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del Cielo, donde ven a Dios cara a cara (1 Co 13, 12),

    Antes de llegar al cielo, el alma puede vivir el purgatorio,  el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza. En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinamos en la tierra podemos ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía, con obras de penitencia y aplicando las indulgencias por su salvación.

    El infierno es la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios.           Dios quiere que «todos lleguen a la conversión» (2 P 3, 9), y desea “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). No todos los hombres, sin embargo, buscan a Dios, quieren amarle y seguirle. Muchos le rechazan. El hombre es libre y responsable de sus actos. Dios llamará muchas veces a la puerta de su corazón; pero el hombre puede persistir en el pecado y rechazar el amor misericordioso de Dios hasta la muerte. Es el hombre quien se excluye a sí mismo de la amistad que Dios siempre le ofrece.

    El juicio final (universal) consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto «de los justos y de los pecadores» (Hch 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras del juicio final, el cuerpo resucitado participará de la retribución que el alma ha recibido en el juicio particular. Este juicio final sucederá al fin del mundo, del que sólo Dios conoce el día y la hora.

    Después del juicio final, el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción, participará de la gloria de Cristo, inaugurando «los nuevos cielos y la tierra nueva» (2 P 3, 13). Así se alcanzará la plenitud del Reino de Dios, es decir, la realización definitiva del designio salvífico de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10). Dios será entonces todo en todos (1 Co 15, 28), en la vida eterna.

Cuestionario:

- ¿Ofrezco oraciones y sufragios por las almas benditas del purgatorio?

 - ¿Soy consciente de que la Eucaristía es prenda de vida eterna, y que siembra en mi alma semillas de vida eterna?

 - ¿Animo a algún amigo enfermo a recibir el sacramento de la Unción de los enfermos?