Temas de reflexión

ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

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Reflexiones sobre la Fe. VI. Jesucristo, Hijo Único de Dios (III)

 

    “Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto, crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que “ha salido de Dios” (Jn 13, 3), “bajó del cielo” (Jn 3, 13; 6, 33), “ha venido en carne” (1 Jn 4, 2)” (Catecismo, 423).

   Ésta es la segunda gran Verdad afirmada en el Credo, desde los tiempos de los Apóstoles:

   “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo Único de Dios, nacido del Padre antes de todos los tiempos: Dios de Dios, Luz de Luz. Dios verdadero de Dios verdadero”.

    A los Apóstoles que le preguntaron, antes de la última cena, que les mostrara al Padre, el Señor respondió: “¡Tánto tiempo que estoy con vosotros, y no sabéis que el Padre y yo somos una misma cosa!”.

   “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Catecismo, 422).

    El anuncio de la venida del Hijo de Dios a la tierra es verdaderamente el centro de la fe cristiana, de la verdad católica.

“De la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”.

    “En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca” (Catecismo, 428).

    Ante la Encarnación de Dios, ¿qué ha de hacer el creyente?

    Parece obvio responder que lo primero es conocerle. Todos los cristianos al llegar a la mayoría de edad, y aun antes, tendrían que haber leído con una cierta calma y atención los cuatro Evangelios que constituyen, junto con las Epístolas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis, el Nuevo Testamento.

    A veces paramos nuestra atención en las buenas enseñanzas que el Señor nos ha dado con su vida y con sus palabras; recordamos el sermón de la Montaña, y hacemos bien, porque Él ha venido a enseñarnos y a darnos ejemplo.

    Para que sus enseñanzas arraiguen en nosotros, hemos de conocerle personalmente. Este conocimiento se ilumina al considerar los motivos fundamentales por los que Jesucristo  ha bajado a la tierra.

    Estos motivos están señalados en  el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 456-460; y podemos enunciarlos en resumen, de esta forma, y meditarlos con frecuencia:

    1) El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: “Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10). “El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo” (1 Jn 4,14).

    2) El Verbo se encarnó para hacernos partícipes de la naturaleza divina: “nos ha hecho merced de los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que -por éstos- lleguemos a ser partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4). “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” (S. Ireneo, Haer. 3,19). “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (S. Atanasio, Inc. 54,3).

    3) El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos  así el amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

    4) El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

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Cuestionario

  - ¿Leo con frecuencia los libros del Nuevo Testamento? ¿He leído alguna vez una vida de Cristo: El Señor, de Romano Guardini, por ejemplo?

 - ¿Repaso alguna vez en el Catecismo, las principales verdades de Cristo: que es verdadero Dios y verdadero hombre; que nació de María Virgen; que murió y resucitó; y subió a los Cielos?

 - En mis ratos de adoración, ¿considero con frecuencia pasajes de la vida de Jesucristo?