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Adoración Nocturna Española

 

Adorado sea el Santísimo Sacramento   

 Ave María Purísima  

 
 

 

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Temas de reflexión

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Adorar con los Apóstoles

 

COR UNUM ET ANIMA UNA

          El Señor está con nosotros acompañándonos, llamándonos a Sí, conllevando en cierto modo nuestros trabajos, implorando por nosotros con su oración omnipotente, recabando tiempo para nuestra conversión y siendo, en fin, el centro amoroso de nuestra vida espiritual. ¿Por qué no será también el hogar de la santa amistad? ¿Quién duda que allí pueden converger todos los santos deseos, que de allí irradian todos los santos afectos y que allí, en su Sacratísimo Corazón, viven todos los corazones que atrae a Sí el Señor y que, por lo tanto, Él es el lazo de la santa amistad? (L.S. Tomo V (1874) Pág. 366)

          ¡Qué fuertes lazos de amistad se forman entre aquellos que comparten su tiempo con un mismo corazón y un mismo ideal! Cor unum et anima una, es la definición de la amistad. Pidamos hoy al Señor, que nuestra asociación tenga, en efecto, un solo corazón: el suyo. Que nuestro ideal sea de todos uno y el mismo: su Reino. Es muy claro que nada une tanto a los amigos como compartir sus quehaceres entorno a un mismo centro. La amistad entre los Apóstoles en torno a Jesús tiene que ser para nosotros modelo y reflejo. 

          Qué dulces veladas las de aquellos hombres escuchando las enseñanzas de Jesús, conversando íntimamente con él, qué alegría poder servirle en cada momento, y qué emoción al contemplar sus milagros, tan de cerca…

          “Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, "llamó a los que él quiso [...] y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus "enviados" [es lo que significa la palabra griega apóstoloi]. En ellos continúa su propia misión: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21; cf. Jn 13, 20; 17, 18). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe", dice a los Doce (Mt 10, 40; cf, Lc 10, 16).” CEC 858

          “Llamó a los que quiso”, somos muy afortunados de haber sido llamados por Cristo, como los Apóstoles, no por nuestros méritos o buenas cualidades, si somos adoradores es por misericordia de Dios que quiso llamarnos. Con una doble intención, “estar con él”, y “enviarlos a predicar”. “Adoradores de noche, testigos de día” ¡Cómo nos calza este programa con la misión que Cristo dio a los Apóstoles! Estar con él, compartir en confianza su palabra, hablar, callar, escuchar… todo ello nos transforma durante las horas de la noche, para que seamos verdaderos testigos suyos durante las horas del día.

          Los Apóstoles nos enseñan a estar con Jesús, en confianza y con reverencia. En nuestras dudas y con fe. Ellos ¡tantas veces! se postraban y le adoraban. (Cf. Lc 14, 23-33)

          Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario.

          ¡Cuántas veces se repite esta escena a lo largo de nuestra historia! Jesús solo, en el sagrario, orando por nosotros al Padre, y nosotros, metidos en nuestra barquichuela por un mar lleno de olas, con vientos contrarios y… sin él. Qué poco tardan las pasiones en levantarse contra aquel que no navega con Jesús, cómo soplan las tentaciones del mundo cuando uno se aventura sin él por la travesía de la vida… Pero, por suerte, Jesús no renuncia a estar con nosotros, y busca la manera para que nos topemos con Él. En la noche, en el sagrario.

          Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis

          Fue en la noche cuando salió Jesús a su encuentro. De modo semejante, en esta noche, Jesús sale del sagrario a la custodia, sale a nuestro encuentro… Su humanidad santa queda como suspendida sobre el altar, si bien velada. Ellos pensaron ¡es un fantasma! Y a lo mejor si nuestra fe está débil podríamos pensar ¡pero si no es más que pan! Pero no es así. Jesús nos lo dice con fuerza. “Soy Yo”. Escuchemos a Jesús que desde la Eucaristía nos dice estas palabras. “Yo soy”, “no temáis”.

          Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.» «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!»

          Es una mezcla extraña, tanta confianza y a la vez miedo, “mándame caminar sobre el agua” y, a la vez, “qué fuerte sopla el viento”. Parece paradójico, pero hemos de reconocer que es una mezcla muy frecuente en nuestra vida de fe. Queremos seguir a Jesús, incluso por encima de nuestras pasiones, de nuestros vicios, y de nuestras miserias. Sabemos que él tiene poder para hacernos sobrevolar sobre todo ello, y sin embargo, en nuestro día a día, en muchas ocasiones no nos vemos capaces, y comenzamos a hundirnos, nos entra miedo, desesperanza… Ahí es cuando hay que gritar ¡Señor sálvame!

          ¡Señor sálvanos! Nuestra vigilia de adoración es este grito, desde la barca de la Iglesia zarandeada para todos nosotros, “no nos sueltes Señor”.  Él siempre responde.

          Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»

          Cuando Jesús sube a la barca, la tempestad se calma. Siempre. Él es Señor de cielos y tierras, cuando él nos guía no hay miedo que nos sorprenda. Gracias Jesús, que tantas veces nos agarras en el último momento de la mano, nos sacas de las aguas, con fuerza. Cuantas veces la comunión ha sido para nosotros el salvavidas de nuestros naufragios.  Gracias Jesús, como los apóstoles hoy todos nosotros queremos postrarnos ante ti en la Eucaristía y decir desde lo más hondo de nuestro corazón: “En verdad eres Hijo de Dios” Queremos adorarte juntos, y que tu corazón divino sea el lazo que nos haga amigos entre nosotros.

 

        ¿Has intentado contemplar o tratar a algún Apóstol en particular?

        ¿A cuál tienes más devoción?

        ¿Qué actitudes de los Apóstoles nos pueden ayudar a adorar mejor?