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Adoración Nocturna Española

 

Adorado sea el Santísimo Sacramento   

 Ave María Purísima  

 
 

 

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Temas de reflexión

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     Adorar con los Santos

CUM SANCTIS TUIS

  

         Te adoro profundamente en ese Augusto Sacramento, y te doy rendidas gracias por haber instituido ese compendio de maravillas, resumen de tus finezas, y evidente testimonio de la ternura de tu amor. Y para dártelas más incesantes, convido a todos los justos de la tierra y bienaventurados del cielo, uniendo con ellos los afectos de mi corazón, y deseando ardientemente alabarte y ensalzarte por toda la eternidad... En todos ellos te adoro humildemente desde este lugar, uniendo mis débiles obsequios con el fervor y devoción de los Santos más fieles y amantes de tu Corazón Santísimo. Admite, Jesús amoroso, mis ardientes súplicas, para que adorándote Sacramentado por nuestro amor en esta vida, te bendiga y ensalce después eternamente. Amén (Luis de Trelles: Hablando con Jesucristo Sacramentado. Oraciones, FLT, Vigo, 2013, p.156)

         Profunda y bella oración. Trelles invita a los santos a unirse a su adoración. Nosotros hoy somos invitados por los santos a unirnos a su adoración. Todos los justos, del cielo y de la tierra se inclinan ante uno sólo: Dios Nuestro Señor. Que podamos nosotros ser contados entre los santos más fieles y amantes del Corazón de Jesús.

         La comunión de los santos, ese gran misterio que trasciende el espacio y el tiempo y une a todos los miembros de la Iglesia. Los de arriba y los de abajo, los que luchan y los que ya han vencido, los que se purifican y los limpios. Todos quedan unidos por la gracia divina que los transforma interiormente y los asemeja a Jesús.

         Cada uno a su manera, pero todos convergen en un mismo centro, en un mismo altar. La unión se realiza por la intercesión, por las súplicas, por los favores de unos para con otros, pero si en algún lugar se hace fuerte esta comunión es en la Eucaristía.

         La más excelente manera de unirnos a la Iglesia celestial tiene lugar cuando celebramos juntos con gozo común las alabanzas de la Divina Majestad, y todos, de cualquier tribu, y lengua, y pueblo, y nación, redimidos por la sangre de Cristo (cf. Ap 5, 9) y congregados en una sola Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza a Dios Uno y Trino. Así, pues, al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unirnos al culto de la Iglesia celestial, entrando en comunión y venerando la memoria, primeramente, de la gloriosa siempre Virgen María, mas también del bienaventurado José, de los bienaventurados Apóstoles, de los mártires y de todos los santos (Lumen Gentium 50)     

         Así que hoy, ante esta custodia no simplemente estoy yo, ni siquiera sólo mi turno de adoración, hoy y aquí toda la Iglesia adora a su Dios. Hoy hemos de adorar con todos los santos a Aquel que los hizo santos. Hoy estamos invitados a introducirnos en aquella muchedumbre innumerable de la que habla el Apocalipsis:

         (Apoc 7, 9-12) “Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”.
Blancas vestiduras, resplandecientes cual recién bautizados, llenos de gracia y ante el trono donde se sienta Cristo, el cordero inmaculado. Palmas en las manos, como los mártires que han derramados su sangre en testimonio. Qué alegría poder pertenecer a esa muchedumbre un día. Contemplemos ese espectáculo, mejor, hagámonos parte de él.

         “Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.» Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.»”

         Sólo el Cordero nos trae la salvación, sólo Dios salva. Nadie más. Nada más. Sólo Él merece plena y total adoración. Con los ángeles y los santos, repitamos también nosotros esa preciosa letanía. Situémonos como ellos rostro en tierra postrados delante del trono y simplemente, adoremos.

         Nos podría entrar un poco de vértigo, pensar que no somos dignos de incluirnos entre el número de los santos, no estamos a la altura de un San Pablo, de un San Francisco Javier, de un San Agustín… Pero recordemos, como santa Teresita, que, en el jardín de las almas, Dios quiere flores muy variadas:

         “Él ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos.”

          Tomemos ejemplo de ella, ¿qué hizo para llegar a ser santa?:

         Me presenté ante los ángeles y los santos y les dije: «Yo soy la más pequeña de las criaturas. Conozco mi miseria y mi debilidad. Pero sé también cuánto les gusta a los corazones nobles y generosos hacer el bien. Os suplico, pues, bienaventurados moradores del cielo, os suplico que me adoptéis por hija. Sólo vuestra será la gloria queme hagáis adquirir, pero dignaos escuchar mi súplica. Ya sé que es temeraria, sin embargo, me atrevo a pediros que me alcancéis: vuestro doble amor». (Santa Teresita, Historia de un alma)

         En esta noche de adoración, pidamos con audacia a todos los santos, su doble amor: a Dios y a los hermanos, para adorar en su compañía.

         «Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también, ser sus compañeros y sus condiscípulos (Martirio de san Policarpo 17, 3)

 

         ¿Qué santos invito a adorar conmigo?

         ¿Hay algún santo que inspire más particularmente tu oración?

         ¿Cómo vives el misterio de la comunión de los santos?